Trabajar junto a un maestro: José Luis Borau y su Fundación

Era Noviembre. Acababa de empezar el máster y aquéllas fueron las primeras prácticas que se publicaron. Reconozco que las solicité porque mi afán por hacer prácticas y meter líneas en mi curriculum que relegaran al pasado mis años de teleoperador pesaron más que nada, pero también porque conocía la figura de José Luis Borau. No sólo como cinéfilo –soy gran fan de Furtivos, que sigue pareciéndome de las mejores películas de la historia del cine en España─, sino también en su faceta académica: había asistido a varias conferencias suyas, una en concreto en la Casa de América, en el que llegaron a presentármelo y pude estrecharle la mano. Pero ésa es otra historia.

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La Fundación Borau fue –y digo fue porque desapareció junto a su fundador─ una institución que pretendía realizar una labor de mecenazgo y protección al cine en España, organizando eventos, proyecciones y concediendo becas a nuevos talentos, con convenios tanto con la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid (ECAM) como con la ESCAC de Barcelona. Para ello contaban con la figura de José Luis Borau, que había pasado por la presidencia de la Academia de Cine, de la SGAE y que conservaba el sillón con la letra B de la Real Academia de la Lengua; acompañado de un patronato con nombre tan ilustres como el de Iciar Bollaín o Giralt Torrente. La Fundación estaba ubicada en la propia casa de Borau, una vivienda unifamiliar, en una zona exclusiva, residencial, pero muy céntrica en Madrid, cerca de Plaza de Castilla. El puesto de trabajo que a mí me correspondió fue el de ayudante de la bibliotecaria, Marisa Bas; y me fue concedido, a criterio de la directora de la Fundación, Ana Arrieta, no tanto por mis conocimientos como documentalista, que no tenía aún porque recién empezaba el máster, como por los conocimientos en la Historia del Cine y el amor a él; para la Fundación esto último era más importante que cualquier otro conocimiento, y si algo tengo yo es precisamente eso.

Mis tareas fueron básicamente tres, que se fueron intercalando de manera a veces anárquica a lo largo de aquellos tres meses. La primera, catalogación y ordenación de monografías en la biblioteca. La biblioteca…

La biblioteca era lo más parecido al paraíso que podía haber. La comparación no es mía: la hizo Xabier Elorriaga una mañana de visita al maestro, y no puedo por menos que darle la razón. Si el final que imaginara Kubrick para 2001 es cierto y tenemos que esperar la resurrección en un cuarto, el mío puede que se parezca mucho a esa biblioteca. Era una estancia no muy grande, puede que unos cincuenta o sesenta metros cuadrados, forrada de madera clara, con amplios ventanales a ambos lados, un fondo bibliográfico generoso y tres mesas de anticuario: dos para los bibliotecarios y una para los lectores potenciales. La idea de Borau es que un día esa biblioteca se llenara de investigadores de cine. Y así debiera haber sido.

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La biblioteca tenía, como he dicho, un gran fondo. La parte más importante, de cine; pera ésa ya estaba catalogada cuando yo llegué. Mi primera labor fue la catalogación y ordenación de la literatura de ficción. Las obras no se tejuelaban por deseo de Borau, la signatura se ponía a lápiz sobre la cubierta, y no se utiliza el MARC para la ingesta: la base de datos era muy sencilla, hecha a medida por un informático que fue siguiendo las órdenes de la bibliotecaria; y no se ordenaba con currens, sino por materias, y dentro de éstas, por autor. El fondo de ficción tenía un amplio número de ejemplares nacionales e internacionales, algunos de ellos en francés y en inglés; pero lo más importante era el fondo contemporáneo de literatura española, porque la mayoría venían autografiados por sus autores, autógrafos con dedicatorias a Borau, llenas de admiración y cariño por parte de su compañeros y amigos; y yo lo registraba en el área de notas.

La otra parte más importante de la biblioteca era el fondo antiguo: un centenar de ejemplares sobre la Guerra Civil española con auténticas joyas, como transcripciones de discursos radiofónicos de los líderes de ambos mandos: libros en algunos casos mal conservados, sin tapas, sin indicaciones de impresión, sin fechas. Había que realizar una labor de investigación para averiguar autores, fechas y datos con los que poder catalogar la obra. Esto fue un entretenido y muy interesante: aprendí mucho con esta parte.

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La segunda tarea fue la catalogación y archivo de la documentación de El Imán, la productora que José Luis Borau tuvo durante más de veinte años y con la que produjo todas sus películas y las que les produjo a otros, como Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán o Camada negra, de Gutiérrez Aragón. El archivo era un cuarto pequeño en el que apenas cogía un alfiler. A lo largo de todos esos años, Borau lo guardó todo: cada albarán, cada recibo, todo fotocopiado y varias carpetas, y las carpetas en archivadores, y los archivadores en estanterías. Había miles de documentos de todo tipo: resguardos de mensajería con los envíos de las latas de tal o cual película al festival de Berlín, los contratos de los actores, las licencias de rodaje expedidas por los ayuntamientos, las solicitudes de subvención al ministerio. Y cartas. Cientos de cartas. Cartas agradeciendo la ayuda prestada, cartas a críticos que habían dejado bien la película, cartas a distribuidores extranjeros, vendiendo la copia; cartas del productor ejecutivo José G. Jacoste, coordinando desde Madrid la co-producción de Río Abajo, con la productora estadounidense. Recibos de taxi de Estocolmo, cuando Borau gestionó la co-producción de La Sabina con el Svenka Film Instituten. Y todo por duplicado o triplicado. Marisa Bas decidió ordenar por película la documentación, con lo que había que mirar carpeta por carpeta y documento por documento, ir expurgando las copias y agrupando los papeles en separadores que acabaron en archivadores metálicos de cajón. Hubo mucho trabajo allí y un material muy interesante; las menciones a Iván Zulueta, que empezó en El Imán ayudando y dibujando los carteles; las notificaciones de la censura, la aparición en créditos de técnicos luego importantes que dieron sus primeros pasos en la profesión con Borau, las sinopsis originales de las películas con anotaciones hechas a mano por sus autores… Espero que todo ese material ahora esté cuidado.

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La tercera tarea y quizá la más importante era atender al propio Borau.

En la primavera del 2011 José Luis Borau sufrió una operación delicada, de la que salió muy débil. Hasta el día antes de la intervención, la actividad de Borau era frenética, era un trabajador infatigable; por lo que contaban sus personas de confianza, para él no había vacaciones ni fines de semana: siempre había algún asunto que tratar. Y es que hasta ese día, Borau seguía siendo el presidente de la SGAE y miembro de la Real Academia de la Lengua, y desde que publicara su primer libro de relatos Camisa de once varas, en el 2003, su actividad literaria era constante. Por eso cuando volvió de la operación, aun débil, pidió que le habilitaran el despacho para poder vivir allí en lugar de en su domicilio, en la planta de abajo, para no tener que dejar de trabajar. El despacho estaba –claro está─ junto a la biblioteca. Allí le conocí, allí me lo presentaron, sentado en el sillón de orejas en el que pasaba la mayor parte del tiempo, débil de piernas, pero fuerte de cabeza y de memoria.

Borau era un trabajo en sí mismo: no paraba de pedir cosas. Siempre estaba inmerso en algo que para él era trascendental: la redacción de una carta, un discurso, o la documentación para un futuro cuento. Solicitaba sinónimos y definiciones constantemente, y como no se fiaba mucho de internet, sus fuentes debían ser siempre en papel y de autor conocido: el María Moliner, los diccionarios de cine, las biografías, los discursos de la RAE o incluso un folleto turístico sobre una iglesia escocesa del siglo XVI que habría de servir de base a un cuento. Las peticiones eran seguidas y muy concretas: Borau sabía siempre la documentación que quería, y Marisa Bas, la bibliotecaria, sabía siempre dónde estaban las cosas. Durante los días en los que ella se fue de vacaciones por Navidad, ese trabajo lo hice yo… como pude, unas veces con más éxito que otras; pero como documentalista, la labor de recuperación era enormemente estimulante.

También fue su amanuense ocasional, escribiendo al dictado alguna carta, e incluso transcribiendo alguno de los cuentos del que habría de ser su siguiente libro de relatos. Para alguien que en su día quiso ser escritor, y finalmente aceptó la derrota, eso ha sido lo más cerca que estuve nunca de uno de mis sueños. Un honor y un privilegio.

Yo venía de cinco años de pulsar un botón, canalizando llamadas. Los cinco años anteriores de mi vida me los había pasado sentado a un ordenador, pulsando un botón: por eso me pagaban. Y apenas recuerdo nada de aquellos años, si acaso las vacaciones y alguna cosa de mis fines de semana, junto a mi chica. Pero del tiempo que estuve trabajando no recuerdo nada, es como si se hubiese diluido en mi memoria, como si no hubiese vivido, o como si El ladrón de días, de Clive Barker hubiera entrado por la ventana de mi cuarto y me hubiese robado todo aquel tiempo. Sin embargo recuerdo cada día de lo que viví en aquella casa, de lo bueno y de lo no tan bueno, de Borau y del pequeño grupo de personas que le acompañaban, le mimaban y se preocupaban por él; de cada una de las tareas que hice, de los anaqueles, las estanterías, las revistas, los libros; de las personas que le visitaban a diario: Jaime de Armiñán, Gutiérrez Aragón, Xavier Elorriaga, Icíar Bollaín, Rosa Vergés, el fundador de la ESCAC, Josep Maixenchs… Me fui con pena, y eso es algo que no suelo decir muy a menudo.

Conocí a los dos Borau. Uno era como un monumento, una figura sólida, una institución; el otro era más como un niño grande, imaginativo, a veces caprichoso, algo iracundo, siempre genial. El primero fue presidente de la Academia de Cine, de la SGAE y miembro de la RAE; el segundo fue el director de cine. Tuvo la vida que a mí me hubiera gustado tener: hizo lo que le apasionaba, como quiso –su cine fue valiente─ y casi hasta el final.

Hoy sigo siendo fan suyo, pero ya no veo igual Hay que matar a B, Furtivos, La Sabina. Ahora siento esas películas más cercanas, tengo un vínculo con ellas.

La Fundación cerró, hasta donde sé, unos pocos meses después de marcharme yo. Lo lamenté. Sólo espero que todo aquel legado y todo aquel trabajo, no mío –yo al fin y al cabo sólo estuve tres meses─, no se pierda como tantos otros archivos históricos en estos tiempos, en los que la memoria sólo se conserva si hay un beneficio económico; espero que alguien lo conserve y lo utilice como él lo quería, para el beneficio de los investigadores y los amantes del cine.

JESÚS SACRISTÁN SALCEDO

http://uncorazoneninvierno.wordpress.com

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Acerca de El Documentalista Audiovisual

Somos Isabel Borruel y Patricia Wert, dos documentalistas con muchas ganas de trabajar, mejorar y seguir aprendiendo. En este blog queremos compartir diversa información relacionada con nuestra profesión y la documentación audiovisual.
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